Yo sólo puedo mostrarte la puerta; tú tienes que atravesarla

(Matrix, 1999)

El cuento

Espero -y deseo- fervientemente que se pierda en él. Y en ella.

ÉL

Estaba tirado en el césped pensando en Ella; y en mí; y en nosotros dos, juntos. Pensando en su bella sonrisa y sus oscuros ojos rasgados intermitentemente ocultados por su corta melena, cuidadamente despeinada.

Sentía como su mano reposaba sobre mi pierna; como la desplazó despacio hacia mi cadera; y continuó redondeando el camino de subida hasta mi oreja. Y ahí se quedó; ahí detrás, acariciándome el pelo durante unos deleitantes minutos. Y volvió a bajar; perfilando mi rostro con sus nudillos hasta la punta de mi nariz, donde se desvaneció esa extraodinaria sensación de contacto humano.

Pero reapareció; rozando mis labios con la yema de sus dedos; y la barbilla; luego el cuello; hasta mi pecho, donde los dejó descansar. Y se me aceleró el corazón; pude notar como se estaba acercando a mí. Lo supe. Lo sentí. Cada vez se entrecortaba más, entre Ella y yo, esa brisa veraniega que satura el agobiante calor de los días soleados; y más me ardía el cuerpo, alimentado por los latidos; a cada cual más perturbante que el anterior.

Abrí los ojos, me levanté en seco y me quedé unos segundos con la cabeza suspendida en el aire, entre mis rodillas; perdido en mis nervios; mirando el suelo sin verlo.

La miré, sonreí, me levanté y le dije “voy a comprarme un helado”.

Se podría decir que, prácticamente, salí corriendo; sin mirar atrás; a paso ligero, mientras sacudía mis manos y aplaudía para expulsar la hierba y la tierra seca que se me habían quedado pegadas al impulsarme hacia donde no la tuviera cerca.

Mientras andaba, inconsciente, las calles de la ciudad y en busca de una heladería, seguían bajándome imágenes distorsionadas de los recuerdos que aún me acompañaban; de nuestro pasado, como pareja; de todas las infidelidades que sufrí. Las manipulaciones, los celos, las traiciones y otras tantas conductas tóxicas por las que pasamos.

No hablo de Ella, claro; hablo de mi ex.

Por supuesto que no había reunido, aún, el valor para mostrarle la vulnerabilidad que llebaba conmigo; por supuesto que, Ella, aún no sabía nada de todo esto. “Curioso, el destino” pensaba, “que me lleva a reencontrar a un viejo amor en medio de todo este caos emocional, arrastrado de esa maldita relación que viví”. Y no un viejo amor cualquiera. Era Ella. Qué poco capaz me veía de tentar la suerte, entrando en una nueva relación, con tan basta experiencia detrás. Y con Ella.

Tanto quedé sumergido en mi mundo que acabé volviendo al parque sin helado en mano. Obvio que ya no estaba; me había dado a la fuga en forma de rechazo, desapareciendo durante veinte minutos como mínimo; quizá treinta, no lo sé. Había perdido la noción del tiempo. Ella no merecía esto.

En un intento de llamarla pensé que, en realidad, era mejor así; que se quedara lejos de mis demonios, donde no la pudieran inquietar.

ELLA

Llevaba mucho tiempo sin verle; ya ni recordaba lo bello que era su rostro. “El muy cabrón debe ligar a cada paso que da” pensé; ojalá tener su misma suerte. Dos amores fallidos por no correspondidos llevo, ya; dos. Qué imposibilidad de vida; en serio.

En fin, que soy muy kinestésica yo; así que recorrí su torso y su rostro con la mano para quedarme con el recuerdo de las sensaciones y poder pintarle después. Siempre hubo mucha confianza entre nosotros, así que pensé que no se molestaría por ello. Y qué suave tenía el pelo; me quede enredada un rato, ahí; con sus rizos. Me flipan sus rizos. Y su nariz; qué bello perfil de nariz; es que es brutal. Y, encima, con esos labios tan tiernos, acompañados de una puntiaguda barbilla; es que incluso la nuez le queda de p*** madre, ahí, en medio del cuello. Todas sus formas son super exageradas; qué jodida belleza más bestia.

Total, que fue entonces cuando me fijé: tenía una peca, en la mejilla, que jamás había visto antes. Pensé “qué pedazo de peca… ¡como mola!” Y al ver que incluso tenía relieve me acerqué a observarla. Pues, justo cuando me di cuenta de que era barro, se levantó en seco y se quedó quieto como una estatua; en silencio. En forma de feto. Con lo tranquilo que estaba hasta entonces; ¡que incluso pensaba que se había dormido!

Claro, yo me acojoné.

Además, que el tío se giró de golpe, con una sonrisa en la cara, como si fuera tan normal y me dijo que se iba a por un helado. Pues arrancó el vuelo como si no hubiera un mañana, que no habían pasado cinco segundos y ya estaba en la calle; y el parque no es pequeño, créeme.

Pues nada, que cuando aterricé de ese momento paranormal me acordé de que no tenía batería en el móvil; y de la peca de barro que llevaba en la cara; y de que a mí también me apetecía un helado; así que ya me ves corriendo por las calles, buscándole como una loca.

Pues ni una heladería encontré.

Aterrizamos

Y ya está; ya puede salir de ahí. Ya puede volver a su vida, de nuevo. A esas cuatro paredes que le rodean; incluso a ese ruido reconocible de su entorno; y a la pantalla que tiene enfrente. Esta es su realidad. Lo de antes, bueno, era otra.

Si ha entrado dentro de ambas historias, viviéndolas en sus propias carnes, bien puede ser porque he tenido la suficiente lucidez como para conseguir construir un puente estabilizado y firme que logre permitirle cruzar hacia el mundo de esos personajes; o bien porque es usted una persona con extraordinarios dones empáticos. O, en un golpe de suerte, quizá incluso ambos.

Esto es, apreciado lector, la empatía.

Sumergirse en el mundo de alguien, cuya vida no le pertenece; “ponerse en sus zapatos”; acercarse a su realidad; sentir emociones ajenas o, mejor dicho, fundir las suyas en la historia del otro, como si de su propia vida se tratase.

Se asemeja a la conexión que encontramos en la melodía -o la letra- de una canción creada por otra persona y que acabamos sintiendo como propia; o a la historia de un personaje, de un libro o de una película, en quien nos proyectamos; en quien nos reflejamos.

Aún así, lo más seguro es que haya experimentado ciertos pensamientos descriptivos de los personajes o de la situación, como si de una etiqueta para empaquetar y meter en un saco se tratara; puede que, a medida que avanzaba en la lectura, esos prejuicios se hayan transformado, moldeado o, incluso, hayan acabado desapareciendo; pasando a ser sustituidos por la mera pero importante comprensión.

Así que sí, las emociones estan vivas; y así sucede, también, en mediación.

Hablemos de mediación, entonces

Dos personas distintas; dos vidas distintas; incluso registros y formas de expresarse distintas. Dos experiencias y, por lo tanto, sensaciones distintas y, todo ello, en una misma situación; y, encima, ambas comprendidas. Esto es lo que pasa en mediación; este es el primer paso hacia la imparcialidad. Su puesta en práctica -no observada como una nube teórica abstracta- empieza por aquí: escuchando predispuestos a empatizar; logrando comprender, a través de sus participantes, la situación ante la que nos encontramos.

Sabemos que las sensaciones que nos puede traer la historia de otra persona, si no entramos en ella, serán las nuestras propias, derivadas de los juicios y prejuicios tan bien asentados en nuestra mente; pudiéndonos perder, entonces, en miradas lejanas e incluso frías; culpabilizadoras y victimizantes; muy deshumanizantes: alardeadoras de ángeles y demonios; tiranos e incapaces.

Es lo que tiene la empatía: le sacude los prejuicios; le marea la mente hasta aposentarle en la comprensión; le ayuda a observar a quienes tiene delante como iguales. Y esto es lo que nos interesa a los mediadores: observar a las partes como sujetos igualmente capaces de recoger una responsabilidad: solucionar su problema.

Pues que aún hay más

Que la empatía es un trámite para alcanzar dicha imparcialidad, sin quedarnos en la banalidad que nos aparta de nuestro objetivo profesional. De hecho, habrá visto un (I) por ahí arriba, en el título del artículo; por lo que, por supuesto, habrá un (II) en el próximo post.

Esto no acaba aquí.

Creado por:

Mar Novellas
Mar Novellas

Mediadora y jurista.

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