¿Cuál es el problema?

El conflicto es la interacción de personas interdependientes que perciben objetivos incompatibles e interferencias mutuas en la consecución de esos objetivos

(Joseph Folger, 1997)

Señalar al «quien» nos aparta de la solución

Él, que no sabe hacer las cosas bien”; “ella, que no se entera de nada”; “este tío, que está mal de la cabeza”; “esta tía, que es una desgraciada”; y podríamos dedicar toda la publicación a crear una lluvia interminable de ideas sobre los típicos clichés que señalan a las personas como el problema -pero no estamos aquí para eso-.

El problema lo tienen delante, damas y caballeros; y no es él, ni ella, ni elle. Ambos son quienes están respondiendo ante él y lo más probable es que lo estén haciendo por motivos distintos; fieles a sus valores y morales, creencias e ideales e incluso a sus costumbres. No olvidemos que no hay persona igual en este mundo, lo que nos perturba tanto como nos fascina: la excepcionalidad de cada uno; la diferencia entre todos.

Está bien, no es ningún drama; es natural. Vamos a apartar a las personas del problema y a situarlo donde realmente está.

UBIQUÉMONOS

Las partes implicadas en un conflicto son, ante todo, personas

William Ury, Roger Fisher y Bruce Patton decían, en su libro Obtenga el sí, el arte de negociar sin ceder (2011), que “todo el mundo sabe lo duro que es tratar un problema sin que los demás hagan malas interpretaciones, se enfaden o se alteren, y se tomen las cosas de forma personal”.

Por mucho que entremos incluso en el -posiblemente- más frío de los terrenos: el empresarial (como en transacciones corporativas e internacionales), los problemas no los tratan las personas jurídicas reconocidas por la Ley sino las personas físicas; de carne y hueso. Es decir, como comentan dichos autores, “usted no está tratando con unos representantes abstractos de ‘la otra parte’, sino con seres humanos. Tienen emociones, valores profundamente arraigados y distintos antecedentes y puntos de vista; además, son imprescindibles. Como usted”.

Aceptar que existe la diferencia

Si colocáramos un papel en el suelo y escribiéramos el número ‘6’ en él, la persona que se sentara en frente, y con toda la razón -según nos han enseñado-, diría que es un ‘9’; y ello no deja de ser un ejemplo para referirme a lo que decía David Strathairn, en El Últimatum de Bourne: “es gracioso lo diferentes que parecen las cosas dependiendo de donde te sientes”.

En las situaciones de conflicto, muchas veces olvidamos que nos hemos construido dependiendo del momento histórico en el que hemos nacido y crecido; el contexto social; el país; en el pueblo o en la ciudad; la cultura y la religión; la familia y la escuela; las formaciones recibidas y los trabajos elegidos; el sexo y el género, sean recibidos o elegidos; las amistades disfrutadas y los bullyings padecidos; los amores alcanzados y los anhelados sin éxito; y tropecientasmil variables más -a cada cual más inapreciable, con el tiempo, a simple vista- que nos han configurado como individuos y nos han regalado una mirada única (dicho de otra forma, no espere que los demás lo observen todo como usted); y es por ello que es indispensable cambiar de silla en algunas situaciones. ¿Cómo? Escuchando a la otra parte y viceversa.

Así pues, la necesidad de comprender, en primera instancia, la diferencia que existe entre nosotros es vital para proceder a gestionar los conflictos; y como comentaba en mi primera entrada, le recuerdo que el conflicto es inherente al ser humano.

Entender que el problema es sano

Es decir, por mucho que exista una normalidad preestablecida; un protocolo social aprendido; unas reglas éticas y unos códigos de comunicación, lo más seguro es que esa paz pasiva, prevenida con ello, se acabe en el momento en el que interactúe con una persona de forma rutinaria, si no des del primer instante; y en un mundo tan globalizado y cambiante como en el que vivimos ahora, la probabilidad de que esto ocurra aumenta a cada segundo.

Es importante entender que lo más natural y sano es que surjan problemas, con quien mantenga cualquier tipo de relación, precisamente por esas diferencias; pues suelen ser ellas las que nos llevan a encontrar situaciones de conflicto de intereses a cada vuelta de esquina; las que nos enriquecen.

Admitir la intervención de la emoción

Sí, grande interventora en nuestra mente; des del miedo y hasta la ira, nuestra reacción ante cualquier clase de situación irá ligada a la emoción que nos haya despertado la misma.

Recojamos el ejemplo del ‘6’ y el ‘9’. Si una de las partes, o ambas, se niega a aceptar -e incluso a escuchar- el otro punto de vista y adjudica el error a la persona que tiene enfrente, ¿cuál cree que será el resultado? Puede que una de ellas señale a la otra como tonta porque, por supuesto, en el colegio le enseñaron que aquello es un ‘6’ y no un ‘9’; y es que previsiblemente ello conduzca a una escalada del conflicto a través de la emoción: la incomprensión y la frustración que conducirán a sentimientos como la rabia o la tristeza. Puede continuar la historia en su cabeza y hacerse una idea de cómo acaba el cuento.

¿Culpabilidad o responsabilidad?

«Donde quiera que esté el prejuicio, siempre nubla la verdad» (Doce hombres sin piedad, 1957).

Los hechos, de por sí, son neutrales. Somos nosotros quienes les damos un sentido; una ética; una emoción.

Ante los prejuicios tendemos a generar rivalidad entre las partes y culpabilidad en ellas; y repartir culpas no acostumbra a ser sinónimo de encontrar soluciones. La culpabilidad, apreciado lector, es un muro levantado y una roca en la mochila: pesa, desmotiva e impide avanzar. La responsabilidad, por otro lado, es un concepto que se puede recoger con motivación y compañerismo para ir en busca de una solución conjunta.

Ury, Fisher y Patton también nos dan conocimiento de la existencia de la propensión humana a entremezclar la relación de las partes con el problema; lo cual se deduce en tratar «a los demás y al probema como una misma cosa«; y bien, de ahí la importancia de su separación: para poder ver con claridad.

¿Y en mediación?

Sí, efectivamente; los mediadores somos conscientes de todo lo explicado anteriormente. Nos hemos formado para observarlo así.

Durante el procedimiento de mediación, no solamente no se prejuzga a las partes; es que no hay juicio, siquiera, de una de ellas. Percibimos a los sujetos activos del conflicto como los responsables de encontrar una solución al problema que comparten, incentivando la cooperación para que trabajen en equipo -juntos pero no revueltos- de forma sensibilizada y responsable.

Pues los problemas no dejan de ser sucesos que pueden unir, aunque sea solamente para encontrar la mejor vía para la disolución de las partes.

EN RESUMEN

Por mucho que no compartamos ni respetemos los ideales o costumbres de los demás, sí tenemos el deber de respetarles como seres humanos que son; de la misma forma que por mucho que los demás no compartan ni respeten nuestros ideales o costumbres, sí tienen el deber de respetarnos como seres humanos que somos. Para ello, y para solucionar los problemas, el camino comprende escucharnos: para poder entendernos.

Les pondré un ejemplo relativamente actual y potencialmente mediático: JOKER. ¿Cuántos llegaron a entender el por qué de este personaje de DC Comics, gracias a esta película? No serán proclives a sus métodos; a sus ideales, quizá, pero sí pudieron ponerse en sus zapatos y darle un sentido al resultado final. Seguro que muchos ven El Caballero Oscuro con otros ojos, desde entonces.

Así que dejemos de señalarles a ellos, a ellas o a elles y empecemos a señalar, conjuntamente, al problema en realidad.

Y añadirle que, para llegar a ello, y para poder alcanzar un acuerdo realmente eficaz -no jurídica sino prácticamente hablando-, a veces hay que navegar en las profundidades; lo que en mi próxima entrada va a entender como el iceberg.

Creación:

Mar Novellas. Ver más.

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