Cualquier transformación social comienza, antes, con una transformación interior y profunda

(Thomas d’Ansembourg, 2019)

UNA BREVE INTRODUCCIÓN

Me aparezco ante usted antes de acabar el año -y, de forma excepcional, por segunda vez en el mismo mes- aventurándome con un propósito comunitario, a través de una reflexión extraída de la opinión de una servidora y jugando con la temática de un peliculón del monstruoso cineasta Stanley Kubrick (sí, sí; el mismo de La Naranja Mecánica, El Resplandor y Eyes Wide Shut): la evolución humana y la tecnología.

Ojalá poder hablar de inteligencia artificial y de vida extraterrestre, también, pero no me da la vida para tanto. De momento.

Habrá observado, en mis publicaciones anteriores, una tendencia a hablar, en especial, de la comunicación entre personas.

Bueno, no olvidemos que tanto ciencias como prácticas jurídicas descienden de la rama de las ciencias sociales, que estudian el comportamiento del ser humano en sociedad; y no hay ensayista del ser humano y su comportamiento en sociedad -contado desde la mirada histórica y evolutiva- que se haya leído más en este mundo que Yuval Noah Harari: el autor de Sapiens, Homo Deus y 21 lecciones para el siglo XXI (permítame añadir, entonces, que nos encaja a la perfección este número, para este próximo año).

SOMOS ESPECIALES

Tal como nos cuenta el catedrático de historia, en Sapiens, hemos sido dotados con una habilidad de la que carece el resto de los seres vivos de -por lo menos- este planeta.

Es decir, nuestra parte cognitiva nos ofrece una posibilidad (un superpoder, si quiere llamarle; y ya sabe usted lo que conlleva un gran poder) de comunicación muy nutrida, a raíz de la cantidad de conocimiento que podemos almacenar en nuestro cerebro.

Co ello me refiero a que, no es que el resto de los animales de este mundo no sean inteligentes ni sepan comunicarse sino que, mientras especies como el mono verde lo hacen mediante ruidos codificados limitados -para, por ejemplo, avisarse entre ellos del peligro que les acecha por aire o por tierra-, …

…nosotros gozamos de herramientas…

…para conseguir una concreción sobre si se trata de un pájaro o un avión; sobre la distancia que hay entre el objeto volador identificado y la persona a la que estamos avisando; sobre los recursos disponibles para que se esconda; y otros miles de instrumentos de los que disponemos para compartir información y conseguir una solución.

ENCIMA, YA PODEMOS VER LA PUNTA DEL ICEBERG EN STREAMING

Y la verdad es que, a nivel de expansión, no hemos parado de avanzar en comunicación: unos ciento cincuenta años han pasado desde que necesitábamos transporte, semanas -si no meses-, un papel, una pluma y tinta para alcanzar a alguien situado al otro lado del mundo -por no mencionar a quienes tenían que andar quilómetros para hablar con ese alguien en persona-.

Hemos creado alrededor de 7.000 idiomas distintos -además del de signos y el braille-; vocabulario para parar un tren -o cien-; el abecedario; la escritura; la exclamación, la pregunta, las comas, los paréntesis y cuantos haya de signos de puntuación; las cartas y el correo; los libros y donde almacenarlos: las bellísimas bibliotecas; y, hablando de belleza, el arte -la música, la pintura, la escultura, la fotografía, el cine-; los periódicos, la radio y la televisión; el teléfono y la videollamada; internet; los podcasts, las redes sociales, la mensajería instantánea; y es que incluso hemos creado los emoticonos, los GIFs y los stickers para expresarnos mejor a través de las pantallas.

PROBLEMAS RESUELTOS

En definitiva, hemos desarrollado un sistema de comunicación a través de tantas vías -y, encima, muchas gratuitas- que, hoy en día, ni el tiempo ni la distancia son un problema pendiente de resolver -con un mensaje de WhatsApp lo solucionamos en segundos-, como tampoco la falta de reconocimiento del tono de voz o de la expresión facial -mediante una videollamada podemos obtener toda la información necesaria-; y tampoco el límite de espacio del papel -excepto la maldición de Twitter-. Como mucho, el problema será la falta de wifi o cobertura.

Muy bien, nos lo hemos currado; nos hemos proveído de los medios necesarios para no tener límites a la hora de comunicarnos. Somos magníficos; unos genios; unos cracks.

¿ENTONCES, POR QUÉ SEGUIMOS SIN SABER COMUNICARNOS?

Tan bien que se nos da desarrollar métodos de comunicación y qué poco interés hay en aprender a manejarlos.

Nos hemos facilitado la vida para poder comunicarnos y, aún así, seguimos sin saber hacerlo: en el momento en el que el conflicto aparece, continuamos lavándonos las manos -eso sí hemos aprendido a hacerlo bien, ¿eh? ;)-.

Como mucho, nos dedicamos a participar en alguna causa: pagando unos euros al mes a una ONG, compartiendo quejas en twitter o imágenes en instagram, con el hashtag adecuado (#metoo, #blacklivesmatter y compañía), o diciéndole a la gente lo que hace mal y lo mal que lo hace. Y punto.

Y es que el sistema educativo dedica tanta energía en que comprendamos matemáticas, idiomas, historia, biología… que nos hemos olvidado de entender lo más importante de nuestras vidas. Parece que nos hemos quedado estancados en cuanto a nosotros mismos.

LAS REDES

Les contamos nuestra magnífica vida a los demás a través facebook e instagram; soltamos opiniones críticas y chistes malos a través de twitter; mostramos nuestras habilidades creativas a través de tiktok; compartimos conocimiento a través de blogs como éste; incluso vendemos nuestros servicios y productos a través de páginas web, aprovechando todas las aplicaciones para crear difusión.

Y, hay que decirlo, somos capaces de alargar conversaciones a través de los chats de estas plataformas hasta olvidarnos de qué hora es. Les sacamos el máximo partido a todas esas vías tecnológicas de comunicación.

Y resulta que, todo ello, ha generado fenómenos como el grooming, el phishing, el ghosting o los haters; además de digievolucionar los tradicionales bullyings y gossips, elevándolos a la versión cyber.

LA INFLUENCIA

Somos poderosos porque tenemos una capacidad infinita de comunicación; y la comunicación implica influencia. Todos somos influencers, a pequeña o gran escala. Cada vez que abrimos la boca, hacemos o deshacemos algo, nos movemos así, nos vestimos asá… cada vez que usamos alguna vía de expresión hay alguien mirando o escuchando; percibiendo todo aquello que proyectamos (y no solo a través de las redes sociales; hace años que existe el factor influencer por la calle).

Vamos, lo que viene a ser un poco la versión real -y no sé hasta qué punto menos paranoica- del Gran Hermano de George Orwell. Todos somos un posible ejemplo a seguir a la vez que un objeto de juicio; todos somos posibles críticos destructivos a la vez que alabadores followers.

La pregunta es, ¿y qué clase de ejemplo influyente estamos dando ante los conflictos?

CAPACES, LO SOMOS

Inteligentes, creativos y sensibles; así nos define Harari.

Recogiendo las definiciones de estas tres características (de la RAE, como siempre), e interpretándolas respecto a los conflictos, puedo construir -con absoluta certeza- la siguiente teoría: que la creatividad nos regala la posibilidad de construir soluciones nuevas -o remodeladas- ante aquellos problemas que hayamos podido apreciar, a través nuestra reacción emocional -es decir, gracias a nuestra capacidad sensitiva-, y comprender -a raíz de la cantidad de conocimiento que podemos albergar debido a la inteligencia que poseemos-.

Tenemos la suerte de gozar de una buena base para gestionar conflictos. Partiendo de ahí, el truco reside en el trato y la correspondencia de dos o más personas entre sí.

EL PROPÓSITO DE AÑO NUEVO

Este año ha sido el cataclismo (qué bella palabra, permítame añadir) mundial en cuanto a interacción personal. Se nos ha roto la rutina social en pedazos y hemos perdido el contacto humano, pero también ha habido ganancias; ha habido reencuentros.

Reencuentros con a quienes no prestábamos atención antes: como el tiempo, la calma, el aburrimiento o la reflexión (sí, les estoy personificando; así es más fácil abrazarlos). Tiempo para calmarse, aburrirse y reflexionar. Tiempo para reencontrarnos con nosotros mismos. Muchos de nosotros hemos ganado tiempo.

Tenemos tiempo.

Lo que yo le propongo, entonces -y aprovechando la oportunidad de cambio que nos brindan el COVID-19 y el nuevo año-, es un inicio a la transformación; a la mutación; a la evolución.

Es recoger esos tres regalos que se nos han dado (vamos a llamarles las tres Reinas Magas: la inteligencia, la creatividad y la sensibilidad), por naturaleza, y explotarlos hasta su más álgido punto.

Y es que, como dice el señor d’Ansembourg, si nos centramos primero en cambiar nosotros mismos acabaremos generando un movimiento transformativo social.

Recuerde: todos somos influencers; y un gran poder… pues eso.


Creación:

Mar Novellas
Mar Novellas

Mediadora y jurista

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