¿Cómo se entiende el conflicto desde la mirada mediadora?

El conflicto es luz y sombra, peligro y oportunidad, estabilidad y cambio, fortaleza y debilidad, el impulso para avanzar y el obstáculo que se opone. Todos los conflictos contienen la semilla de la creación y la destrucción.” 

(Sun Tzu: El arte de la guerra, 480-211 a.C.)

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¿Hay consciencia de su significado?

A menudo nos pasa que asociamos, e incluso confundimos, el concepto de conflicto con sus consecuencias -gritos y llantos, pasotismo o violencia- y que nos llevan a entender este fenómeno como una situación negativa -un Darth Vader en potencia-.

Menos aún ayuda la Real Academia Española con sus definiciones de diccionario, donde el susodicho se plantea como un apuro, un combate o una situación desgraciada; adoptando una connotación destructiva a su paso y sin opción alguna de evaluarlo como un proceso de construcción.

Bien; capaces lo somos, ante el conflicto, de generar apuro, combates y situaciones desgraciadas, pero ello no significa que sea el único camino por el que podamos andar; mucho depende de cómo decidamos gestionarlo y, ello, mucho depende de la idea que tengamos sobre él.

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Aquello que represente, para cada uno de nosotros, seguramente determinará nuestro comportamiento, nuestra actitud -anterior, durante y posterior-, y, con ello, los recursos que vamos a recoger y utilizar. 

Podemos cerrarle la puerta, evitando su entrada; correr en dirección contraria, buscando la salida más cercana; plantarnos como un palo tieso ante nuestro adversario, adoptando un estilo de competición o confrontación para vencer, destruir, a esa cara tenebrosa: miedo a perder; a sufrir; a que todo cambie o, incluso, a que no cambie nada en absoluto. 

Alrededor de siete billones de motivos distintos que procuran alrededor de siete billones de gestiones distintas.

Un camino constructivo

En mediación, se busca dar un giro a esa visión del conflicto como fenómeno negativo para redireccionar su comprensión y empezar a darle paso en nuestras vidas; abrirle la puerta para verle la cara -que no es tan fea como se dice- y darle la bienvenida. Sentarnos a charlar; a escuchar; a entender; a resolver. 

Partimos del respeto a la diferencia, a la excepcionalidad de cada individuo; de cada vida; de cada persona. Partimos, en primera instancia, del conflicto como oportunidad de cambio y buscamos el afrontamiento -que no confrontamiento ni enfrentamiento- del mismo, acogiendo el compromiso y la colaboración como estilo de gestión.

Buscamos poner en práctica aquella respuesta, brillantemente célebre, que nos ofrecía el padre de Bruce Wayne en Batman Begins, al preguntar “por qué nos caemos”: “para aprender a levantarnos”.

La comprensión del conflicto

Una gran referencia nacional del mundo del conflicto es el catedrático Ramón Alzate, quien desarrolló una guía para entenderlo desde una mirada divergente e inusual y por la cual nos regimos los mediadores ante los casos que nos presentan.

Dice, del conflicto, que:

Evita los estancamientos; estimula el interés y la curiosidad; es la raíz del cambio personal y social; ayuda a establecer las identidades tanto individuales como grupales

Y, además, “ayuda a aprender nuevos y mejores modos de responder a los problemas; a construir relaciones mejores y más duraderas -y a veces, a saber cómo abandonarlas correctamente-; a conocernos mejor a nosotros mismos y a los demás”.

Ya sea desde la nimiedad más pequeña, como un árbol robusto atravesando el camino montañoso por el que andamos, y hasta el más aterrador de los miedos, como la muerte de un ser querido, el conflicto se nos presenta en nuestro día a día y a lo largo de nuestra existencia.

Situaciones que en ningún momento hemos deseado, y mucho menos pedido, que cruzan nuestras vidas de forma inesperada. Puede parecer, incluso, que las escojamos nosotros mismos; al pedirle el divorcio a quien creíamos ser nuestro gran amor, nuestro mejor jefe o nuestro socio ideal porque la cosa ya no funciona.

Y el juego continua

A más inri, ello genera cien miniconflictos más: que si quien se queda con las tiendas del pueblo y quien con los almacenes del polígono; quien se queda con el sofá y quien con la tele; quien se queda con la guarda y quien con las visitas. Una infinidad de decisiones que hay que tomar algún día u otro; una infinidad de cambios que vemos venir, ya, a lo lejos; y, entonces, surge la pregunta:

¿Será ese cambio a peor y punto o a peor y aparte?, es decir, ¿es un peor determinante o aparente?

Pues resulta, apreciado lector, tal y como nos enseñó Robin Williams en El indomable Will Hunting, que “tendrás momentos malos, pero ellos te llevarán a ver las cosas buenas a las que antes no prestabas atención”.

La inherencia del conflicto a nuestro ser

Sea como sea, el conflicto es inherente al ser humano -viene con el pack de la vida, como la muerte y el amor-, así que ¿qué beneficio obtenemos al no querer admitirlo?, ¿al rechazarlo?, ¿al observarlo como malo?; teniendo en cuenta que vamos a tener que convivir con él, ¿no sería mejor reconocerlo y aceptarlo?; ¿no sería mejor empezar a proveernos de recursos para gestionarlo?, ¿para lograr minimizar los daños?, ¿para vivirlo como una aventura?, ¿para, incluso, llegar a disfrutarlo?

¿Y si empezamos a observar el conflicto como un mero camino que andar?, ¿como un empujón para avanzar y, así, no quedarnos atascados?

La mirada mediadora

Al final, la mirada mediadora busca el enriquecimiento de las partes implicadas en el conflicto, a través de la comunicación, para alcanzar una solución -encontrada por ellas mismas y guiadas por el profesional-; normalizando y reforzando positivamente este maravilloso concepto al que hemos aprendido a desvalorar.

Y, con ello, permítame añadir una pincelada sobre mi próxima entrada: somos las personas quienes solucionamos los problemas; quienes resolvemos los conflictos.

No existe conflicto con nombre y apellido.

Creación

Mar Novellas. Ver más.

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